Un hombre clave – Artículo de John Zamora

Germán Mendoza Diago (Ciénaga de Oro, 1959 – Cartagena de Indias, 2020)

 

Por John Zamora (Director Revista Zetta 20 años).- Hay hombres, tal vez pocos, que Dios envía a la tierra para ser claves. Tienen esa llave que abre puertas, sobre todo para ingresar a tu propio mundo, y cuando un ser así aparece en tu camino –de esos que llaman “Ángeles”- cambia tu vida. Es verídico.

Muy escasas veces vienen en forma de hombre sencillo, amplio bigote, ojos claros y expresivos, fino humor, deslumbrante inteligencia, caminado juanpachanga, simpatía inacabable y pluma ígnea. La descripción es inequívoca. Solo puede ser Germán Mendoza Diago. Un gigante.

Fue un hombre clave para El Universal por tres décadas, donde sostuvo la redacción a punta de olfato y sabiduría.

Minucioso, detallista, observador, virtudes de Germán Mendoza para escribir. Aquí con Gabo.

El día que los científicos anunciaron la fecha del Big Bang, fue el único periodista en el planeta que tuvo claro cuándo comenzó todo y por eso tituló en primera página, con certeza y alevosía: “Hace 15 mil millones de años Dios creó el universo”.

Otro día observó a otro científico, pero de las letras, tratando de salvar al Festival de Cine, pues Víctor Nieto no podía con las deudas. Era Gabo, quien se tomó el día entero haciendo llamadas. Mendoza tituló: “Gabriel García Márquez tiene el mundo en su libreta” y se despachó una crónica magistral, con apenas detalles como insumos.

En la redacción de El Universal fue clave para Martha Ramírez, una hermosa y menuda periodista venida de Barranquilla, quien no solo encontró al mejor maestro del periodismo sino a su amor de toda la vida. Santiago y Gustavo iluminaron su hogar.

Un hombre clave para casi todos los periodistas que llegaron a la redacción de El Universal, un árbol de frutos inagotables.

Santiago y Gustavo iluminaron el hogar de Germán y Martha.

 

Un encuentro clave

En el periodismo es común que al egresar de la facultad de periodismo aun no sepas nada del oficio, y, en mi caso, lo comprobé cuando comencé a aprender de Germán Mendoza Diago. Ese fue mi primer encuentro con un hombre clave.

Mientras hacía unas cortas prácticas en Caracol, le llevé una hoja de vida. Nada hacía suponer que me llamaría, pero lo hizo, y me contrataron. El Universal tenía sede en la calle San Juan de Dios, y la redacción ocupaba la parte trasera del segundo piso. Al ingresar estaban los escritorios, las máquinas de escribir y, a la derecha, una pequeña oficina donde Germán apenas se veía entre la montaña de libros, revistas, fotos y mil papeles más.

Me ubicaron casi enfrente suyo, en el escritorio contra la pared previo a la escalera que comunicaba con un mezanine, donde estaba el archivo fotográfico y la mujer que lo administraba: Gloria Castro, con su mirada de sargento en guardia. Abajo estaba el cuarto oscuro, donde Guillo Gallego revelaba las fotos que venían en los rollos que les entregaba Manuel Pedraza, Eduardo Herrán o Maruja Parra.

Me entregaron mis elementos de trabajo: un folder de cartón, tijeras, cinta pegante, regla y un rollo de papel para la máquina de escribir. Mendoza me asignó la página: Sucesos. Debía llegar temprano, buscar al conductor y salir en un vehículo acompañado de fotógrafo y hacer la ruta de Sijín, morgue, urgencias de hospital, y estar muy atento al scanner donde escuchábamos a la Policía: si había un 901, había que dejarlo todo y acudir. Era un muerto.

Tras el recorrido, a redactar las noticias en la máquina de escribir, provista del rollo de papel. Al finalizar la nota, si un párrafo quedaba mal redactado, o debía cambiarlo de lugar, para eso estaba la tijera y la cinta pegante. Ese si era un verdadero “cortar y pegar”. Con la regla diagramaba la página, y hacía la diagonal en la foto para calcular su tamaño en el diseño. Cada nota con su foto, y todas las notas al folder, que se le entregaba al señor Tous para que en su rauda motocicleta la llevara a la nueva sede de Pie del Cerro, donde estaba instalada la nueva rotativa.

No sé porque me asustaba cuando Mendoza me pedía una resumen para primera página, pero muy pronto perdí el temor, porque de inmediato me hacía ver la noticia con una lógica tan sencilla como asombrosa.

La vida en la redacción era cálida, con mucha camaradería y una que otra broma rebuscada, como las que sufrí por cuenta de Alberto Salcedo Ramos o Edgardo Olier, hermanos que da la vida. Mendoza sabía pero se reía en silencio, incluso cuando me atreví a comentarle. Descubrí que él también hacía parte de la cofradía, a la que terminé adhiriendo: si no puedes con el enemigo…

Cuando Pablo Escobar ordenó poner bombas en Cartagena, y estalló un carro en la avenida San Martín frente al centro comercial Bocagrande, los días fueron muy exigentes en lo periodístico y tensionantes en lo personal. Era la noticia y yo tenía que escribir mucho, y Mendoza mucho que enseñar. Aprendí a tener tranquilidad y saber procesar las llamadas de amenazas, y distinguirlas de las necias.

Hace un par de años, en un reencuentro de periodistas de El Universal: John Zamora, Claudia Bossa, Alberto Martínez y el gran maestro Germán Mendoza Diago.

 

Otro momento clave

Cuando todo El Universal ya estaba trasladado en la actual sede de Pie del Cerro, sucedió el acontecimiento que transformó mi ejercicio profesional. Y Mendoza fue clave.

Dado que aún faltaba un ala por terminar, la gerencia quedaba en el área de la sala de redacción. En un habitáculo ubicado en el vértice derecho desde la entrada, estaba Claudia Lafont, la secretaria de Gerardo Araújo, el gerente, y enfrente su oficina. Un día llegó alguien “importante” como era habitual todos los días, y Germán Mendoza llegó a mi cubículo y me preguntó por el avance de la página. Mientras le reportaba me cortó y dijo: “Llega ya a la oficina del Dr. Araújo y entrevista a un man que se llama Juan Diego Jaramillo”.

Era un político conservador que se proyectaba a nivel nacional, y que murió joven poco tiempo después. Germán aprobó la entrevista y la publicó al día siguiente. También me dijo que a partir de ese momento asumía la Columna Política. Tiempo más tarde me designó Editor Local y desde ese cargo pude conocer una faceta que Germán tenía pero no disfrutaba: la autoridad sancionatoria. En dos ocasiones tuve motivos para despedir a un periodista: uno por irresponsable colosal y otro por hijueputa. En ambas ocasiones detuvo su teclear en el computador, y sin vacilar me dijo: “¡Se va!”, acompañado de una enseñanza para grabar en mármol: “¡Nadie tiene el derecho de joder a los demás!”.

Mendoza también me encargó varias veces como jefe de redacción, cargo que tuvo Oswaldo Sotomayor, sobre todo en sus vacaciones y en sus descansos sabatinos. Es que el sábado era el mejor día de la redacción. No solo porque Soto no estaba, y los administrativos trabajaban hasta medio día, sino porque jugábamos golito (Mendoza en eso sí era absolutamente torpe), y luego los periodistas trabajábamos con más relajación y rendíamos más. Yo hacía editorial, cerraba páginas locales, ayudaba con deportes, nacional, internacional… en fin.

De pie: Carlos Mojica, Yamil Caraballo, John Zamora y Alberto Salcedo Ramos; hincados: no identificado; Gustavo Arango, Manuel Pedraza, José Manuel Pedraza, Santiago Mendoza, Germán Mendoza Diago. Al fondo se alcanza ver a Gonzalo Zúñiga, director de El Universal.

Y Mendoza regresaba en la tarde, con una tranquilidad pasmosa. Mientras yo me esforzaba por procesar información y prospectar las noticias de primera página, Germán ingresaba a su oficina con gran frescura, y en cinco minutos diseñaba la portada. Ya sabía las noticias. No sé cómo se enteraba, no sé cómo hacía, pero resolvía todo en un dos por tres, como si cada noticia hablara con él y le dijera dónde debía estar.

Además de esa circunstancia periodística, el sábado también era el mejor día porque llenábamos la nevera de cervezas. Mientras despachábamos páginas, enfríabamos, hablábamos de lo divino y lo humano… filosofía, física, fútbol, cine, música, política, periodismo, informática, geografía, historia…, y, por supuesto, confidencias… y se cimentó una amistad que ahora me hace casi imposible recordar, escribir y llorar al mismo tiempo.

Si “Yerman” supo cuándo Dios hizo al universo, y cómo Gabo guardaba el mundo en una libreta, lo creo también capaz de detener el tiempo, como lo está haciendo ahora, que recorro el camino de mi oficina a la suya, atravesando la redacción, esperando verle de nuevo, entre la pila de papeles, y encontrar sus ojos expresivos y su bigote crispado. El Mono Mendoza, un hombre clave. Imprescindible. Nos vemos luego, hermano.

Un encuentro de periodistas de El Universal con su maestro.