{"id":36342,"date":"2020-06-24T07:53:42","date_gmt":"2020-06-24T12:53:42","guid":{"rendered":"http:\/\/revistazetta.com\/?p=36342"},"modified":"2020-06-24T08:04:41","modified_gmt":"2020-06-24T13:04:41","slug":"los-ultimos-dias-de-dona-sixta-opinion-de-juan-carlos-gossain","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistazetta.com\/?p=36342","title":{"rendered":"Los \u00faltimos d\u00edas de Do\u00f1a Sixta &#8211; Opini\u00f3n de Juan Carlos Gossa\u00edn"},"content":{"rendered":"<p><span style=\"color: #000080;\"><strong>Por Juan Carlos Gossa\u00edn (Especial para Revista Zetta 20 a\u00f1os).-<\/strong><\/span>\u00a0Do\u00f1a Sixta Tulia Josefina Espitia de Morelos, matrona respetable y de car\u00e1cter recio, madre y abuela de familia numerosa, criada sin consentimientos y con responsabilidades de mujer mayor desde el d\u00eda siguiente que lleg\u00f3 a la pubertad, pasaba de los ochenta a\u00f1os cuando empez\u00f3 a sentir el primer achaque de su vida.<\/p>\n<p>La historia que voy a contar no es reciente, ocurri\u00f3 unos treinta o cuarenta a\u00f1os atr\u00e1s, y salvo por algunas malas pasadas de la memoria, casi todo es cierto. Se lo escuch\u00e9 contar muchas veces a mis t\u00edas, que hac\u00edan cr\u00f3nicas y relatos m\u00e1s fiables que los que hoy encontramos en algunos medios. Pero ellas ya no est\u00e1n, se han ido muriendo de repente y no del todo convencidas que su tiempo y su hora les hab\u00eda llegado.<\/p>\n<p>El caso es que do\u00f1a Sixta, que terminaba de cenar, hizo saber que no se sent\u00eda bien cuando en la sala de la casa a todos les lleg\u00f3 de sopet\u00f3n el impacto f\u00e9tido de su aliento trasero. Con voz de pena, do\u00f1a Sixta manifest\u00f3 que sent\u00eda el cuerpo disgustado.<\/p>\n<p>Unos d\u00edas despu\u00e9s, sin evidencias de mejor\u00eda y con el \u00e1nimo de la familia contra el suelo, sometidos como estaban al inclemente bombardeo putrefacto de do\u00f1a Sixta, mandaron a dos nietos, de los menores, a la casa del doctor Lepesqueur para que viniera a asistirlos.<\/p>\n<p>Antes de cruzar el port\u00f3n delantero de la casa, los muchachos encargados de ir en busca del m\u00e9dico escucharon la exclamaci\u00f3n del t\u00edo Julio Miguel, el intelectual de la familia que pasaba todas las tardes con un libro entre las manos: \u201cCarajo, ni en Londres con las bombas que les arrojaban los aviones de la \u201clujtuaje\u201d, lo pasaron tan mal como nosotros\u201d.<\/p>\n<p>El doctor Lepesqueur, hijo de un capit\u00e1n franc\u00e9s que hab\u00eda encallado su barco carguero en un bajo del r\u00edo Sin\u00fa, acababa de llegar de su correr\u00eda semanal por veredas y caser\u00edos cercanos al pueblo despu\u00e9s de atender partos y remendar heridas sin m\u00e1s instrumental que lo encontrado a la mano. Se cambi\u00f3 la camisa y sali\u00f3 con los muchachos.<\/p>\n<p>Do\u00f1a Sixta fallec\u00eda, fue el dictamen del galeno. La cuesti\u00f3n era de horas, por tanto, la familia deb\u00eda resignarse y prepararse. Mientras los llantos de todos turbaban el ambiente, el sentido pr\u00e1ctico de Damasa, una de las hijas de la casi difunta, le hizo recordar que en el pueblo no hab\u00eda funeraria.<\/p>\n<p>Habr\u00eda que encargar con la mayor celeridad un caj\u00f3n f\u00fanebre al pueblo vecino, cuyo comercio, bien administrado por los inmigrantes sirio-libaneses, destacaba por encima de los otros en la comarca, al punto que ten\u00edan su propia funeraria con ata\u00fades en el mostrador.<\/p>\n<p>Al d\u00eda siguiente el ata\u00fad lleg\u00f3, pero do\u00f1a Sixta Tulia no muri\u00f3. No lo hizo al caer la noche, ni en la ma\u00f1ana del d\u00eda despu\u00e9s, no muri\u00f3 a la semana y ni siquiera al finalizar el mes. No muri\u00f3 ese a\u00f1o y por no alargar m\u00e1s el cuento, tampoco muri\u00f3 en los veinte a\u00f1os que siguieron.<\/p>\n<p>Agotadas las explicaciones que la ciencia pod\u00eda dar, al final la gente del pueblo termin\u00f3 por acoger la hip\u00f3tesis que el yerno de Do\u00f1a Sixta hab\u00eda soltado la en\u00e9sima vez que le preguntaron que pensaba de lo ocurrido. \u201cNo se muri\u00f3 para joder, as\u00ed son todos los Espitia\u201d, dijo.<\/p>\n<p>Por cada a\u00f1o que no se muri\u00f3, el ata\u00fad de do\u00f1a Sixta estuvo expuesto en un rinc\u00f3n de la sala. Cuando en la familia de alg\u00fan vecino o conocido ocurr\u00eda un deceso imprevisto, era inevitable que mandaran a prestar el caj\u00f3n de do\u00f1a Sixta, mientras llegaba el que hab\u00edan pedido en el pueblo de al lado. Nunca hubo complicaciones, superado el escollo, el caj\u00f3n siempre lo repusieron.<\/p>\n<p>La vieja Sixta muri\u00f3 a los c\u00eden a\u00f1os exactos, lo hizo como Dios manda, acompa\u00f1ada de sus seres queridos, con el f\u00e9retro en procesi\u00f3n desde su casa hasta el cementerio. Incluso su yerno solt\u00f3 una l\u00e1grima y se le vio compungido durante el velorio.<\/p>\n<p>Cuarenta a\u00f1os despu\u00e9s y casi finalizando esta segunda d\u00e9cada del siglo XXI, los tiempos han cambiado, eso nos suelen decir. Tambi\u00e9n es recurrente escuchar que por fortuna la vida de ahora nos facilita mucho todo, y piensan los m\u00e1s j\u00f3venes que estas son las ventajas de vivir en la ciudad.<\/p>\n<p>Ayer, el cad\u00e1ver de un viejo amigo cumpl\u00eda veinticuatro horas en espera de un certificado de defunci\u00f3n que ninguna autoridad hab\u00eda ido a tramitar. Con bolsas de hielo en sus costados, la familia hac\u00eda intentos de mantenerlo conservado. No fue posible conseguir en todo el edificio donde viven, alguien que les prestara un caj\u00f3n, mientras tanto.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Juan Carlos Gossa\u00edn (Especial para Revista Zetta 20 a\u00f1os).-\u00a0Do\u00f1a Sixta Tulia Josefina Espitia de Morelos, matrona respetable y de car\u00e1cter recio, madre y abuela de familia numerosa, criada sin consentimientos y con responsabilidades de mujer mayor desde el d\u00eda siguiente que lleg\u00f3 a la pubertad, pasaba de los ochenta a\u00f1os cuando empez\u00f3 a sentir el primer achaque de su vida. 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