{"id":60063,"date":"2026-09-27T11:27:19","date_gmt":"2026-09-27T16:27:19","guid":{"rendered":"https:\/\/revistazetta.com\/?p=60063"},"modified":"2026-09-27T11:27:19","modified_gmt":"2026-09-27T16:27:19","slug":"manana-tendre-para-mandarme-los-tintos-relato-de-antonio-laitano-leal","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistazetta.com\/?p=60063","title":{"rendered":"Ma\u00f1ana tendr\u00e9 para mandarme los tintos &#8211; Relato de Antonio Laitano Leal"},"content":{"rendered":"<p><strong>Por Antonio Laitano Leal (Especial Lara Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 27 de septiembre de 2026.-<\/strong> Se levant\u00f3 m\u00e1s temprano que de costumbre. Fue hasta la cocina, abri\u00f3 la lata donde guardaba el caf\u00e9 Almendra Tropical, el mejor dentro de la econom\u00eda n\u00e1ufraga en que and\u00e1bamos todos en el pueblo. Meti\u00f3 la cuchara hasta el fondo y comprob\u00f3 que todav\u00eda quedaba lo suficiente para preparar una \u00faltima colada. Sonri\u00f3. Ma\u00f1ana ser\u00eda otro d\u00eda y, si la suerte lo acompa\u00f1aba, no tendr\u00eda que seguir contando las cucharadas de caf\u00e9 como quien cuenta los \u00faltimos centavos de su existencia.<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-medium wp-image-60065\" src=\"https:\/\/revistazetta.com\/wp-content\/uploads\/2026\/09\/2-266x333.png\" alt=\"\" width=\"266\" height=\"333\" srcset=\"https:\/\/revistazetta.com\/wp-content\/uploads\/2026\/09\/2-266x333.png 266w, https:\/\/revistazetta.com\/wp-content\/uploads\/2026\/09\/2-819x1024.png 819w, https:\/\/revistazetta.com\/wp-content\/uploads\/2026\/09\/2-130x162.png 130w, https:\/\/revistazetta.com\/wp-content\/uploads\/2026\/09\/2.png 1080w\" sizes=\"auto, (max-width: 266px) 100vw, 266px\" \/><br \/>\nEn el ba\u00f1o lo esperaban las dos ollas de agua que le hab\u00eda dejado Luzmilla, su hermosa esposa, la mujer que lo hab\u00eda amado toda la vida y que, a pesar de los sobresaltos del matrimonio, continuaba a su lado. \u00c9l no guardaba resentimiento alguno hacia ella. Por el contrario, Luzmilla hab\u00eda celebrado consigo misma un pacto silencioso: olvidar para poder seguir viviendo. Hab\u00eda aprendido que ciertos recuerdos, cuando se alimentan demasiado, terminan convirti\u00e9ndose en cuchillos.<br \/>\nNo quer\u00eda terminar como Juancho, el cocinero del pueblo, degollado en medio de un reclamo de amor resentido que termin\u00f3 perdi\u00e9ndose entre las brumas s\u00f3rdidas de la muerte. Desde entonces, Luzmilla sab\u00eda que hab\u00eda que dejar descansar ciertas heridas, porque el amor, cuando se transforma en odio, puede terminar sentado a la misma mesa de la desgracia.<br \/>\nFue hasta el patio y cort\u00f3 un racimo de mafufos, aquel pl\u00e1tano fino que daba generosamente la tierra de aluvi\u00f3n, como toda tierra bendecida por las crecientes del r\u00edo. Los cocinar\u00eda y acompa\u00f1ar\u00eda con el \u00faltimo cuarto de manteca de cerdo que le quedaba y las cuatro onzas de queso que hab\u00eda fiado en la tienda de Chepa Robles.<br \/>\nEn aquella tienda fiaba casi todo. Chepa llevaba las cuentas en un cuaderno de tapas ajadas, donde los nombres de los deudores parec\u00edan formar el censo verdadero del pueblo. All\u00ed estaban anotados el arroz, la manteca, el caf\u00e9, el jab\u00f3n y hasta las esperanzas de quienes promet\u00edan pagar despu\u00e9s de la pr\u00f3xima cosecha, de la siguiente pesca o de alg\u00fan milagro que nunca terminaba de llegar.<br \/>\nLo \u00fanico que no fiaba eran los calzoncillos, rotos y ra\u00eddos por el tiempo, que compraba donde el Paisa Jaramillo, el mismo que le vend\u00eda las camisas blancas y los pantalones caqui. Para aquella ma\u00f1ana hab\u00eda escogido precisamente una camisa blanca, un pantal\u00f3n caqui cuidadosamente planchado y sus zapatos Capricho, que reservaba para las ocasiones en que la vida merec\u00eda ser celebrada.<br \/>\nY aquella ma\u00f1ana merec\u00eda celebrarse.<br \/>\nEstaba alegre, contento, feliz y encantado de la vida. La v\u00edspera, cuando caminaba hacia la \u00faltima funci\u00f3n de cine, se hab\u00eda encontrado una peque\u00f1a bolsa de tela. Dentro hab\u00eda un billete entero de la Loter\u00eda del Atl\u00e1ntico.<br \/>\nNo era una fracci\u00f3n. No era un pedacito de esperanza compartida entre diez pobres. Era un billete entero, con todos sus n\u00fameros, con toda su promesa y con aquella extraordinaria capacidad que tienen los billetes de loter\u00eda de convertir, durante unas horas, a un hombre hambriento en propietario imaginario de medio mundo.<br \/>\nLo guard\u00f3 cuidadosamente en el bolsillo y sigui\u00f3 caminando hacia el teatro. Hab\u00eda llegado la \u00faltima pel\u00edcula de Bruce Lee y nadie quer\u00eda perderse aquella funci\u00f3n. En el pueblo, donde casi nunca suced\u00eda nada extraordinario, el cine nos permit\u00eda escapar durante dos horas de la pobreza, atravesar oc\u00e9anos, conocer ciudades imposibles y contemplar c\u00f3mo un hombre peque\u00f1o pod\u00eda derrotar a todos sus enemigos con la velocidad de sus pu\u00f1os.<br \/>\nPero aquella noche \u00e9l no necesitaba las haza\u00f1as de Bruce Lee para sentirse invencible. Llevaba en el bolsillo algo m\u00e1s poderoso que las artes marciales: la posibilidad de que la fortuna hubiera decidido, por fin, acordarse de su existencia.<br \/>\nDurante la funci\u00f3n apenas prest\u00f3 atenci\u00f3n a la pantalla. Cada vez que el p\u00fablico estallaba en aplausos, \u00e9l se llevaba discretamente la mano al bolsillo para comprobar que el billete continuaba all\u00ed. Pensaba en Luzmilla, en las deudas de Chepa Robles, en los zapatos que ya comenzaban a abrirse por las puntas y en aquella lata de caf\u00e9 Almendra Tropical que llevaba demasiado tiempo esperando una segunda oportunidad.<br \/>\nNo so\u00f1aba con palacios ni autom\u00f3viles importados. Tampoco con abandonar el pueblo, donde estaban enterrados sus muertos y donde conoc\u00eda hasta el nombre de los perros que dorm\u00edan debajo de las mesas del mercado.<br \/>\nSo\u00f1aba con pagar sus deudas, llenar la despensa, comprarle un vestido nuevo a Luzmilla y sentarse en la plaza, sin apuros, a conversar con los amigos.<br \/>\nSobre todo, so\u00f1aba con algo que para cualquier hombre rico habr\u00eda resultado insignificante: poder mandar a buscar un tinto sin tener que preguntarle primero al bolsillo si estaba de acuerdo.<br \/>\nAl regresar a casa, encontr\u00f3 a Luzmilla dormida. No quiso despertarla. Se quit\u00f3 los zapatos, dobl\u00f3 cuidadosamente el pantal\u00f3n y guard\u00f3 el billete en el lugar m\u00e1s seguro que pudo imaginar. Despu\u00e9s se acost\u00f3 a su lado y permaneci\u00f3 largo rato mirando la oscuridad.<br \/>\nA la ma\u00f1ana siguiente, mientras los mafufos herv\u00edan en la cocina y el olor del caf\u00e9 comenzaba a recorrer la casa, volvi\u00f3 a sacar el billete.<br \/>\nLo extendi\u00f3 sobre la mesa, alis\u00f3 sus dobleces y contempl\u00f3 los n\u00fameros con una devoci\u00f3n semejante a la de quienes examinan una estampita milagrosa.<br \/>\nLuzmilla apareci\u00f3 en la puerta de la cocina.<br \/>\n\u2014\u00bfY a ti qu\u00e9 te pasa que amaneciste tan contento?<br \/>\n\u00c9l levant\u00f3 la mirada y sonri\u00f3 con una felicidad que parec\u00eda haberle borrado veinte a\u00f1os de encima.<br \/>\n\u2014Mujer, hoy vamos a saber si Dios se acord\u00f3 de nosotros.<br \/>\nElla mir\u00f3 el billete, despu\u00e9s mir\u00f3 la olla de los mafufos y finalmente volvi\u00f3 a mirarlo a \u00e9l.<br \/>\n\u2014Primero desayuna, que la loter\u00eda no se va a ir para ninguna parte.<br \/>\n\u00c9l solt\u00f3 una carcajada.<br \/>\nEn aquella casa, donde tantas veces hab\u00eda faltado el dinero, nunca hab\u00eda faltado la sensatez de Luzmilla.<br \/>\nSe sent\u00f3 a desayunar. Parti\u00f3 el queso en dos porciones, le ofreci\u00f3 la mayor a su mujer y se sirvi\u00f3 una taza de caf\u00e9.<br \/>\nAfuera, el pueblo despertaba con sus vendedores, sus pescadores y sus mujeres que barr\u00edan los patios antes de que el sol comenzara a castigar las calles. El r\u00edo segu\u00eda pasando, indiferente a las fortunas y las desgracias de los hombres.<br \/>\n\u00c9l levant\u00f3 la taza, bebi\u00f3 lentamente y volvi\u00f3 a sonre\u00edr.<br \/>\n\u2014Luzmilla, ma\u00f1ana tendr\u00e9 para mandarme los tintos.<br \/>\nY lo dijo con la solemnidad de quien acaba de anunciar la conquista del mundo.<br \/>\nPorque en aquel pueblo, donde la econom\u00eda naufragaba todos los d\u00edas y el hambre conoc\u00eda el camino de todas las casas, la riqueza pod\u00eda comenzar con algo tan peque\u00f1o como una taza de caf\u00e9 pagada de contado.<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Antonio Laitano Leal (Especial Lara Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 27 de septiembre de 2026.- Se levant\u00f3 m\u00e1s temprano que de costumbre. Fue hasta la cocina, abri\u00f3 la lata donde guardaba el caf\u00e9 Almendra Tropical, el mejor dentro de la econom\u00eda n\u00e1ufraga en que and\u00e1bamos todos en el pueblo. Meti\u00f3 la cuchara hasta el fondo y comprob\u00f3 que todav\u00eda quedaba lo suficiente para preparar una \u00faltima colada. Sonri\u00f3. 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