{"id":717,"date":"2014-04-21T23:55:30","date_gmt":"2014-04-21T23:55:30","guid":{"rendered":"http:\/\/www.revistazetta.com\/?p=717"},"modified":"2014-04-22T00:22:48","modified_gmt":"2014-04-22T00:22:48","slug":"lo-que-se-de-gabriel-emotivo-texto-de-alvaro-mutis","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/revistazetta.com\/?p=717","title":{"rendered":"\u201cLo que s\u00e9 de Gabriel\u201d, emotivo texto de \u00c1lvaro Mutis"},"content":{"rendered":"<p>Texto incluido en la edici\u00f3n conmemorativa de <i>Cien a\u00f1os de soledad<\/i>, publicada en 2007 por la Real Academia Espa\u00f1ola y la Asociaci\u00f3n de Academias de la Lengua Espa\u00f1ola. El autor fue gran amigo de Gabo y muri\u00f3 el a\u00f1o pasado, siendo otro coloso de las letras colombianas.<\/p>\n<p><a href=\"https:\/\/www.revistazetta.com\/wp-content\/uploads\/2014\/04\/mutis-y-gabo.jpg\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"alignnone size-medium wp-image-720\" alt=\"mutis y gabo\" src=\"https:\/\/www.revistazetta.com\/wp-content\/uploads\/2014\/04\/mutis-y-gabo-300x206.jpg\" width=\"300\" height=\"206\" srcset=\"https:\/\/revistazetta.com\/wp-content\/uploads\/2014\/04\/mutis-y-gabo-300x206.jpg 300w, https:\/\/revistazetta.com\/wp-content\/uploads\/2014\/04\/mutis-y-gabo-1024x704.jpg 1024w, https:\/\/revistazetta.com\/wp-content\/uploads\/2014\/04\/mutis-y-gabo.jpg 1200w\" sizes=\"auto, (max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/a><\/p>\n<p>Conoc\u00ed a Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez hace 42 a\u00f1os, una noche de tormenta, en el barrio de Bocagrande, en Cartagena. Me lo present\u00f3 Gonzalo Mallarino, su compa\u00f1ero de Facultad de Derecho en la Universidad Nacional, y ya su admirador irrestricto. Las palmeras casi tocaban el suelo por las fuerzas del viento y los cocos verdes se estrellaban en el pavimento con su ruido sordo, ya faulkneriano.<\/p>\n<p>Dos cosas me sorprendieron en \u00e9l, entonces apenas autor de <i>La noche de los alcaravanes<\/i>, cuento que me hab\u00eda parecido magistral y lleno de inagotables promesas \u2013\u00bfpor qu\u00e9 ser\u00e1 que las promesas siempre son inagotables?\u2013, y las dos siguen siendo rasgos definitorios de su car\u00e1cter: una devoci\u00f3n sin l\u00edmites por las letras, desorbitada, febril, insistente, insomne entrega a las secretas maravillas de la palabra escrita (s\u00f3lo don Quijote en su discurso sobre \u201clas armas y las letras\u201d hab\u00eda demostrado parecido fervor) y una madurez varonil, un sentido com\u00fan infalible que en nada concordaban con sus 20 a\u00f1os a los que hab\u00eda entrado ya con su ce\u00f1o de bucanero y su coraz\u00f3n a flor de piel. Esta ha sido otra constante en la vida de Gabriel: una indulgencia inteligente para todos sus semejantes y un sentido de vigilante servicio en la amistad. No conozco amigo igual, pero tampoco conozco otro que la cultive con m\u00e1s amoroso rigor, con tan sereno equilibrio. He pensado a menudo que Gabriel naci\u00f3 ya maduro, viejo no, nunca lo ha sido ni creo que lo ser\u00e1 ya; tiene un aura de intemporalidad que lo asimila a sus personajes.<\/p>\n<p>Me cuesta mucho trabajo decir algo sensato sobre su obra literaria. He le\u00eddo todos sus originales antes de que fueran publicados. Sigo pensando que su obra m\u00e1s acabada y perfecta es <i>El coronel no tiene quien le escriba<\/i>; la que se considera su obra prima, <i>Cien a\u00f1os de soledad<\/i>, no puedo leerla sin cierto sordo p\u00e1nico. Toca vetas muy profundas de nuestro inconsciente colectivo americano. Hay en ella una sustancia m\u00edtica, una carga adivinatoria tan honda, que pierdo siempre la necesaria serenidad para juzgarla.<\/p>\n<p>Sigo creyendo que es un libro sobre el cual no se ha dicho a\u00fan toda la deslumbrada materia que esconde. Cada generaci\u00f3n lo recibir\u00e1 como una llamada del destino y del tiempo y sus mudanzas poco podr\u00e1n contra \u00e9l.<\/p>\n<p>Hemos compartido juntos, Gabriel y yo, muchas horas de felicidad desbordada y no pocas de incertidumbre y estrechez. Hemos viajado por tres continentes, hemos compartido libros, m\u00fasicas y amigos. Todo lo vivido con \u00e9l ha sido para m\u00ed como un premio extraordinario en el oscuro azar de los d\u00edas. Compart\u00ed con \u00e9l las primeras horas de su Premio Nobel. Luchaba contra el entusiasmo, tratando de ser el mismo de siempre. Lo logr\u00f3 en pocos minutos. Bebimos hasta pasada la medianoche. Evocamos amigos ausentes y tornamos a re\u00edr en compa\u00f1\u00eda de nuestras esposas, Mercedes y Carmen, de las mismas gozosas remembranzas con las que est\u00e1 tejido nuestro destino com\u00fan. En verdad, casi pudimos decir que no hab\u00eda pasado nada. O mejor, que ninguna sorpresa del presente pod\u00eda opacar ni alejar la milagrosa presencia de un tiempo compartido que ha sido para nosotros una aut\u00e9ntica y siempre presente <i>Moveable feast<\/i>.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Texto incluido en la edici\u00f3n conmemorativa de Cien a\u00f1os de soledad, publicada en 2007 por la Real Academia Espa\u00f1ola y la Asociaci\u00f3n de Academias de la Lengua Espa\u00f1ola. El autor fue gran amigo de Gabo y muri\u00f3 el a\u00f1o pasado, siendo otro coloso de las letras colombianas. Conoc\u00ed a Gabriel Garc\u00eda M\u00e1rquez hace 42 a\u00f1os, una noche de tormenta, en el barrio de Bocagrande, en Cartagena. 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