La mejor campaña es gobernar bien – Opinión de Ambrosio Fernández

Por Ambrosio Fernández (Especial para Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 29 de mayo de 2026.- A medida que se acercan las elecciones presidenciales de 2026, el presidente Gustavo Petro ha intensificado sus apariciones en plazas públicas y escenarios multitudinarios, desde donde insiste en la necesidad de que los colombianos respalden la continuidad de su proyecto político. Sus intervenciones han generado controversia no solo por el debate jurídico sobre la participación de los servidores públicos en política, sino también por lo que reflejan desde el punto de vista de la gestión gubernamental.

Más allá de las discusiones legales, hay una realidad que suele pasar desapercibida: la verdadera campaña por la continuidad de un gobierno no se hace en los últimos meses de mandato. Se hace durante los cuatro años de ejercicio del poder.

Todo gobernante que llega a un cargo de elección popular recibe un enorme voto de confianza. Los ciudadanos le entregan herramientas, recursos y tiempo para transformar sus promesas en resultados. Por eso, la mejor estrategia electoral para cualquier proyecto político no consiste en llenar plazas cuando se acerca el final del periodo, sino en demostrar con hechos que las decisiones tomadas mejoraron la vida de las personas.

Las obras ejecutadas, los empleos generados, la seguridad fortalecida, la educación mejorada, la infraestructura construida y la confianza recuperada son los verdaderos instrumentos de campaña de un gobierno. Cuando esos resultados son visibles y positivos, la ciudadanía suele respaldar de manera natural a quienes representan la continuidad de ese modelo. No hace falta insistir demasiado; los resultados hablan por sí solos.

Por el contrario, cuando un gobierno llega a la recta final necesitando convencer a los ciudadanos de que su proyecto merece continuar, inevitablemente surge una pregunta incómoda: ¿por qué los hechos no fueron suficientes para construir ese respaldo?

Esta reflexión no aplica únicamente al actual presidente. Es una lección para todos los gobernantes, independientemente de su ideología. Los buenos gobiernos terminan convirtiéndose en los principales promotores de sus sucesores. Los malos gobiernos, en cambio, hacen campaña todos los días a favor de la oposición. Cada error, cada incumplimiento y cada expectativa frustrada se transforma en argumentos para quienes buscan llegar al poder.

Por eso, las movilizaciones y discursos de última hora suelen transmitir una sensación de improvisación. Parecen más una reacción frente al desgaste político que una demostración de fortaleza. Son intentos de recuperar en pocos meses la confianza que debió construirse durante años mediante resultados concretos.

La continuidad de un proyecto político no se decreta desde una tarima ni se garantiza con discursos apasionados. Se gana gobernando bien. Se construye cumpliendo las promesas, resolviendo problemas y mejorando la calidad de vida de los ciudadanos.

Al final, los colombianos no acudirán a las urnas para evaluar los discursos de los últimos meses. Evaluarán cuatro años completos de gobierno. Y en democracia, ningún mensaje de campaña tiene más peso que el balance que cada ciudadano hace de la realidad que vivió durante ese tiempo.