
Por Luis Eduardo Brochet Pineda (Especial para Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 23 de julio de 2026.-La historia y la literatura nos han recreado a la figura del paladín: un caballero valiente y valeroso que descolla por sus hazañas y lucha por causas nobles y justas, defendiéndolas con mucho ahínco y pasión. Por allí conocimos a Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador; Espartaco, Robin Hood y Alonso Quijano, Don Quijote de la Mancha, para citar a unos pocos.
Pero también los paladines legendarios han encarnado en la figura de líderes y caudillos que han escrito y forjado la historia de la civilización moderna: Winston Churchill, Golda Mier, John F. Kennedy, Margareth Tatcher o Álvaro Uribe.
Todo organismo, todo proceso, época o etapa, tiene su ciclo y más de las veces, obedece a la dinámica propia del paso del tiempo, al desgaste natural y obvio; a los cambios de paradigmas, los avances de la ciencia y de las ideas. Una anécdota familiar de Churchill, al perder la designación como primer ministro después de la Segunda Guerra Mundial, muy a pesar de la heroica resistencia del pueblo inglés bajo su conducción, le confesaba a su nieta: “Yo soy un líder para la guerra; no soy un líder para la paz”.
El hombre prudente reconoce sus limitaciones.
Acaba de terminar un mundial de fútbol bastante competitivo y exitoso en todos los aspectos; en el partido final un nostálgico Lionel Messi declaraba su retiro de la selección argentina; días antes, un abatido Cristiano Ronaldo se despedía de las huestes portuguesas; un desconocido y melancólico Neymar, quien al filo de la impotencia luego de la eliminación, dejaba explicito que nunca más vestiría la camiseta “Verdeamarela”.
Sabiduría es leer con tiempo las señales que nos indican el fin de un proceso.
Álvaro Uribe Vélez, junto a Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo, han sido quizás, las figuras presidenciales de los grandes cambios en la política colombiana; y, en el caso de Álvaro Uribe, uno de los líderes latinoamericanos más importantes e influyentes del presente siglo, garante de la democracia, la seguridad y el crecimiento económico con inversión a escala. Fue un mandatario acucioso, trabajador honesto e incansable; respetuoso de los derechos de la oposición; combatiente implacable del crimen y el delito; un demócrata ante todo, a pesar de uno que otro yerro.
La historia y la sociedad agradecen este legado, pero todo tiene fecha de caducidad y la dialéctica nos muestra cambios, reemplazos e ideas renovadas.
Lo ocurrido con el partido Centro Democrático en el último año, más allá de las dudas procedimentales, ha sido una secuencia de desaciertos, errores e incoherencias: escoger a una candidata inapropiada; maltratar, insultar y repudiar la campaña admirable de “El Tigre”, quién siempre los reconoció como sus pares; pactar alianzas con la “centro izquierda” santista y burocrática, mientras dejaba sin curul a las dos mujeres más importantes y leales del partido; y finalmente, renunciar a sus principios y valores fundacionales, alrededor de los cuales, millones de colombianos se identificaron.
Cuando los ciudadanos de bien, las instituciones y las colectividades políticas democráticas abominan de su misión de vida, la confianza, el respeto y la dignidad, se pierden para siempre.
Lo ocurrido en la elección del presidente del Senado el pasado 20 de julio, no es de poca monta, a pesar de que el presidente electo ponderó la independencia del Congreso y la separación de poderes, lo que abriría una puerta a la derecha para trabajar unidos, como debe ser la tarea de reconstruir país. ¿Qué se negoció con el Pacto Histórico, bancada enemiga de los colombianos por cinco años consecutivos?¿Se olvidará el magnicidio de Miguel Uribe, la corrupción y la “estrategia de los congelados”, con narcos y guerrilla? Una nube muy oscura de dudas, malestar e incertidumbre ronda al uribismo y se posa sobre los primeros meses de gobierno de Abelardo de la Espriella, más allá de sus malquerientes; a pesar de los arrogantes y soberbios que hoy se le suman.
Presidente Álvaro Uribe Vélez: Abelardo de la Espriella es el indiscutible líder de la nueva derecha colombiana; él debería recibir su beneplácito, para marchar unificados en la reconstrucción de una patria grande y próspera. Usted, a quien admiramos, apreciamos y apoyamos durante décadas, le decimos con todo cariño, que deseamos verlo como a los toreros inmortales: salir a hombros cada tarde por la Puerta Grande con todos los honores que bien merece.
