El poder de la plaza – Opinión de Carlos Féliz Monsalve

Por Carlos Féliz Monsalve (Especial para Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 25 de septiembre de 2026.- Hay lugares que parecen simples espacios físicos, pero que terminan convirtiéndose en el corazón de una comunidad. La plaza es uno de ellos.

Una plaza son unos cuantos metros cuadrados. Pueden ser grandes o pequeños, formales o improvisados. Pero cuando la gente los ocupa, los hace suyos y se encuentra allí, dejan de ser simplemente parte del mobiliario urbano para convertirse en escenarios de ciudadanía.

La plaza es el lugar donde nos reconocemos. Donde nos encontramos con el vecino, con el amigo, con el contradictor y también con aquel que piensa distinto. Es el espacio donde la conversación deja de ser privada para convertirse en asunto público.

Por eso la plaza tiene poder.

Ha sido, a través de la historia, nuestra ágora criolla. Allí han ocurrido encuentros políticos, religiosos, culturales, deportivos y comerciales. Allí se han escuchado discursos, se han celebrado fiestas, se han planteado inconformidades y se han construido acuerdos. En ella también se ha expresado, de manera espontánea, esa extraordinaria capacidad que tiene la ciudadanía para hablar de lo que le importa.

La plaza es diálogo, pero también diferencia. Es confrontación, pero puede ser confrontación pacífica. Es debate, desacuerdo, encuentro y, muchas veces, consenso.

Es un verdadero laboratorio social.

En una plaza se encuentran el gobierno y la comunidad; lo público y lo privado; el líder y el ciudadano; el joven y el adulto mayor; el comerciante y el vecino. Allí la democracia deja de ser un concepto abstracto y se convierte en algo concreto: personas sentadas frente a frente hablando sobre lo que ocurre en su territorio.

La plaza es, en cierta forma, el gran salón de eventos sin aire acondicionado de una ciudad.

Y quizás allí reside parte de su magia.

Porque una plaza no necesita paredes para reunirnos. No necesita protocolos para permitirnos hablar. No necesita una pantalla para mostrarnos lo que piensa el otro. Solo necesita algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil de conseguir: que nos encontremos.

Las plazas, los parques, las canchas, las tiendas, las barberías, las cafeterías, las mesas de dominó, los billares, los campos de sóftbol, los bingos y las tarimas barriales son también plazas. Son lugares donde la ciudadanía conversa, se reconoce, construye identidad y expresa libremente aquello que muchas veces no dice dentro de su casa.

Hoy tenemos más herramientas para comunicarnos que nunca, pero paradójicamente podemos estar cada vez más lejos unos de otros.

Las redes sociales nos permiten hablar con miles de personas, pero la plaza nos permite mirar a los ojos a una.

Y mirar a los ojos cambia la conversación.

En las redes podemos bloquear al que piensa diferente. En la plaza tenemos que compartir el mismo espacio. En las redes podemos abandonar una conversación con un clic. En la plaza podemos quedarnos, escuchar, responder y, quizás, terminar entendiendo al otro.

Por eso recuperar la plaza también significa recuperar una parte de nuestra capacidad para convivir.

Necesitamos más espacios para conversar sobre los problemas del barrio, de la ciudad y del país. Más lugares donde la comunidad pueda plantear soluciones, donde las autoridades puedan escuchar y donde las decisiones puedan construirse con quienes viven diariamente las realidades que esas decisiones pretenden transformar.

Políticos, líderes comunitarios, empresarios, pastores, presidentes de juntas de acción comunal, jóvenes, influenciadores y autoridades tienen en la plaza un escenario natural para convocar, escuchar y participar.

Pero la plaza no pertenece a nadie en particular.

La plaza pertenece a todos.

Por eso vale la pena pensar en una idea sencilla: más plazas y menos redes sociales.

Más encuentros y menos pantallas.

Más caminar y menos pasar de largo.

Más conocer nuestros barrios, nuestras calles y nuestros parques. Más reconocer al vecino, al comerciante, al líder comunitario, al joven que juega en la cancha y al adulto mayor que todas las tardes se sienta en la misma esquina.

Caminar la ciudad es también una forma de conocerla. Y conocerla es una manera de comprenderla.

Quizás necesitamos volver a caminar nuestras ciudades. Volver a sentarnos en una plaza. Volver a conversar sin intermediarios. Volver a escuchar a quien piensa diferente.

Porque una democracia no se construye solamente en los grandes edificios institucionales.

También se construye en una banca, en una esquina, alrededor de una mesa de dominó, en una cancha, en una tienda de barrio y en cualquier lugar donde dos personas puedan sentarse a hablar de lo que les importa.

La plaza tiene poder.

Tiene el poder de reunirnos, de confrontarnos sin destruirnos, de reconocernos, de escucharnos y de recordarnos que, aunque pensemos diferente, compartimos un mismo territorio y una misma responsabilidad de construir comunidad.

Porque cuando la gente vuelve a ocupar la plaza, la democracia vuelve a tener un lugar donde encontrarse.

Más plazas. Menos pantallas. Más conversación. Más comunidad.
Porque una ciudadanía que se encuentra, se escucha y delibera construye más y mejor democracia.