
Por Miguel A. Montes Curi (Especial para Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 13 de octubre re de 2026.- «Creo que están todos locos», dijo Anne Carson al recibir la noticia de que había ganado el Nobel de Literatura. Esa respuesta, tan espontánea, auténtica y audaz que podría parecer cinismo, suscitó en mí una reflexión sobre la gran divergencia entre la naturaleza ermitaña de los escritores, quienes encuentran en un exilio autoimpuesto la oportunidad de crear universos literarios, y el carácter público y mediático del galardón, que cada año genera revuelo global y pone un foco de luz aséptica y sentenciosa sobre escritores aparentemente introvertidos y huraños.
Con ansias, he asistido a muchos lanzamientos de libros de autores cuya prosa me deslumbró por meses, con universos tan complejos como inmensos y personajes tan imponentes que debieron estar basados, al menos en parte, en su autor. Intimidado por los artefactos literarios de esos escritores, fui a conocerlos esperando encontrarme con personas de apariencia formidable, dueñas de un lenguaje persuasivo y sobrecogedor reflejado en sus cuerpos. Pero no, en la gran mayoría de los casos me encontré con autores de complexión corporal frágil, barbas ralas y cabellos greñudos, atuendos decadentes y actitudes tímidas que, ante mi apresurada e injusta primera impresión, no podían ser los creadores de esos colosales mundos.
Por supuesto que eran prejuicios míos, sin duda esos autores eran formidables a su manera y escribir literatura no tiene nada que ver con ser un buen comunicador ni vestir formalmente, aspectos cada vez más importantes en los tiempos que corren. Sin embargo, la reflexión con la que te interpelo, lector, es la siguiente: ¿no sería contraproducente que, si un autor colombiano volviera a ganar el Nobel, armado con su arsenal léxico, no aprovechara el podio de la Academia para lanzar un contundente mensaje al mundo en defensa de nuestro país? Pienso inevitablemente en La soledad de América Latina, el imponente discurso con el que García Márquez visibilizó la violencia en la región, criticó la mirada eurocentrista de Occidente y puso a Latinoamérica en el foco de la conversación mundial.
Gabo cerró su discurso pidiendo que las estirpes condenadas a cien años de soledad tuvieran por fin una segunda oportunidad sobre la tierra. Esa oportunidad no la dará una novela por sí sola. Ojalá el próximo escritor colombiano que se enfrente a ese micrófono salga de su soledad el tiempo justo, con la vehemencia de quien sabe que, por unos minutos, su voz es la de todo un país.
