
Por Ambrosio Fernandez (Especial para Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 27 de octubre de 2026.- Mientras el gobierno local y quienes aspiran a ocupar cargos públicos debaten si una obra está bien hecha o no, si debieron construirse colegios o cuáles proyectos merecen prioridad en la ciudad, Cartagena corre el riesgo de quedarse atrapada en una discusión demasiado pequeña para los desafíos que debe enfrentar.
Las obras importan, y la educación es indispensable. Pero necesitamos elevar el debate: ¿qué decisiones pueden transformar la economía de la ciudad y mejorar la vida de todos durante los próximos veinte o treinta años?
Una de ellas es la energía. Una reciente reflexión sobre escenarios energéticos de McKinsey plantea que la demanda mundial del carbón podría seguir creciendo después de 2040. No es una certeza ni una invitación a depender de ese combustible. Es un recordatorio de que la transición energética exige realismo: diversificar las fuentes y garantizar electricidad confiable y competitiva.
Cartagena debería convertir esa reflexión en una pregunta de futuro: ¿Qué ciudad queremos construir durante los próximos veinte años?
Por décadas hemos medido la gestión pública por las obras inauguradas: vías, parques, escenarios deportivos y edificios. Son necesarias, pero el cemento, por sí solo, no crea una economía capaz de ofrecer oportunidades para todos.
Nuestra ciudad tiene ventajas extraordinarias: ubicación estratégica, puertos, tradición industrial y conectividad internacional a través de cables submarinos de fibra óptica. Esa combinación abre la puerta a atraer nuevas industrias incluidos los centros de datos (data center), infraestructura esencial para la inteligencia artificial y los servicios digitales.
Sin embargo, un data center no llega únicamente por contar con fibra óptica. Necesita energía firme, precios previsibles, capacidad de refrigeración, talento especializado y seguridad jurídica. Y aunque estos centros no generan por sí solos empleo masivo, pueden impulsar proveedores, servicios tecnológicos, formación e inversión que fortalezca toda la economía.
¿Por qué no estudiar una estrategia para generar más energía en Cartagena y su entorno, combinando tecnologías, inversión privada y acuerdos de largo plazo? La meta debe ser reducir el costo efectivo del kilovatio para hogares y empresas.
No se trata de enfrentar colegios contra vías, ni de desconocer las obras que transforman el espacio público. Se trata de comprender que la infraestructura y la educación deben integrarse a un proyecto económico capaz de abrir oportunidades en todos los barrios.
Este debería ser el debate electoral: no solo cuantas obras se harán, sino cuantas empresas podemos atraer, que capacidades formaremos y como avanzaremos hacia el pleno empleo formal en la ciudad.
La ciudad necesita una visión compartida que sobreviva a los periodos de gobierno, porque el cemento transforma espacios, pero el empleo transforma vidas.
