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Semblanza de Pedro Manuel Pereira Ramos (Pemape)

Por Pedrito Pereira Caballero (Especial para Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 30 de diciembre de 2021.- Pedro Manuel Pereira Ramos fue un visionario, un hombre de convicciones propias, inquebrantable, noble y bondadoso, que disfrutó trabajar hasta que Dios lo quiso. Así, casi un mes después de su muerte, hoy día de su natalicio, recuerdo a mi padre Pedro Manuel Pereira Ramos (Pemape).

No es fácil aceptar su partida, pero sé que está a la diestra de nuestro Padre Eterno. Después de madurar la idea, me animé a escribir estas líneas como un homenaje a su vida porque sé que no sólo marcó la mía, sino la de muchas personas, amigos y familiares, entre ellas conductores, sparrings y otros empleados del transporte.

Pedro Manuel nació en Arjona un 30 de diciembre de 1930 en el hogar de los campesinos Tomas Enrique Pereira y Ángela María Ramos, quienes a los pocos meses del nacimiento llegaron al barrio Chambacú, en Cartagena, buscando mejor vida, con sus hermanos amados Dilia, Raquel, Amelia, Miriam y Rafael Arturo. Era una familia muy humilde, tan humildes que no tuvieron acceso a la educación, pues en las cédulas de mis abuelos se lee: “manifiesta no saber firmar”.

Tomas Enrique, quien trabajaba en el mercado público de Getsemaní, murió repentinamente en una de las callecitas del centro de acopio cuando mi padre tenía 8 años. En ese momento estaban juntos, pues Pedro Manuel siempre lo acompañaba. Ese dia, Tomas Enrique le aceptó un trago a un amigo y segundos después comenzó a convulsionar ante la mirada atónita de muchas personas. Entonces, su madre quedó sola criando a sus hermanos pequeños. Ahí fue cuando Pedro Manuel comenzó a trabajar como arriero, cotero y haciendo mandados en el mercado público de Getsemaní. A esa edad se volvió un hombre, pues le bastó poner en práctica lo poco que había aprendido de Tomas Enrique, que, a su vez, era mucho: Ser trabajador, leal y servicial para vivir la vida.

Trabajando como un niño más, desde las 5 de la madrugada, hizo de los vendedores del mercado su familia y así se ganó el cariño de los clientes, arreglándoselas siempre para llevar la comida para su madre y hermanos. Estando en esas, un señor de apellido Arrázola, miembro de una familia pudiente que vivía en una de las casonas del barrio Manga, se condolió del niño y se lo llevó para su casa para que ayudara en los oficios domésticos y como contraprestación le daba comida para que llevara a su madre y hermanos. La situación mejoró y ya podía vestir bien y llevaba el sustento para su casa.

Estando bajo el amparo de los Arrazola, más o menos a los 15 años, tuvo la oportunidad de estudiar bachillerato comercial y taquigrafía, pero como no había terminado la primaria, debió utilizar los documentos de Pablo Montero, un familiar que cumplía con los requisitos que exigía la Academia Colombiana de Comercio. Tiempo después, por alguna circunstancia, los directivos de esa institución advirtieron que él no era Pablo Montero. Entonces lo encararon y con la cabeza gacha dijo la verdad. Después de una deliberación en la que participaron los profesores y directivos, lo dejaron terminar el curso de Mecano Taquígrafo Corresponsal, pues tenía unas calificaciones altas. Tarea que culminó a la edad de 69 años cuando en 1999, con la colaboración de los hermanos Ospino, en la institución ESETEC validó su bachillerato académico. Años después, la familia Arrázola lo recomendó para un trabajo como Guarda de Tránsito y allí empezó su gusto por el transporte, y pudo abrirse camino en la vida.

Recuerdo una anécdota con la familia Arrázola y es que estando mi padre entrado en años se enteró que el “Godito” Arrazola estaba enfermo y, entonces, me pidió que fuera hasta su casa a expresarle en su nombre nuestros mejores deseos; y así lo hice, pero el señor me dijo: “Mijo dile a Pedro que ya está bueno de agradecimientos». Entonces, yo le di el recado a mi papá, y de inmediato me dijo: «Hijo, el agradecimiento es para toda la vida”.

Tiempo después salió del Tránsito, donde le aprendió mucho a Ramoncito del Castillo, a quien admiró mucho su manera de dirigir la secretaría de Transito, y montó una oficina de trámites donde le dio la mano otro amigo Manuel Esteban Puello Puello, de Transportes Renaciente, y el señor Francio Vélez. Allí aprendió más de transporte y años después fundó Transportes Chambacú con sus primos Cecilio y Joaquín Montero, y adquirieron los primeros vehículos. Para esa época ya habían nacido mis cuatro hermanos: Pedro Manuel, Nazly, Rudy y Zaritza.

Posteriormente, en 1983 funda Trasportes Pemape, separándose de la familia Montero, quienes también crean su empresa Transportes Montero. Antes habían trabajado juntos en una agremiación conocida como Adestracosta, que apoyó mucho al béisbol infantil. Tengo que decir que mi padre fue un apasionado por el deporte. El béisbol le gustaba, pero el boxeo le encantaba. Apoyó a Leonidas “Mano de Hierro” Asprilla, quien no pudo ser campeón. Recuerdo de niño sentado con el ring side en la Plaza de Toros viendo los combates de Antonio Cervantes “Kid Pambelé” frente a Chank King Lee y Victor Montilla.

Pemape también incursionó en la política con Cecilio Montero, Josefina de Gómez Naar, Rodrigo Barraza y fue diputado a la Asamblea de 1990 a 1992 en el ala conservadora de su amigo de siempre, el doctor Rodolfo Segovia Salas. También fue funcionario de la Caja de Previsión Social donde construyó una gran amistad con Carlos Mendivil Ciodaro y su esposa.

Podemos decir que mi padre fue un visionario en el tema del transporte, pues siendo alcalde Manuel Domingo Rojas, con quien construyó una gran amistad, pudo cristalizar la idea de crear el transporte ejecutivo con las empresas Adestracosta y Etrans. Resultó ser el primer servicio con choferes uniformados, aire acondicionado y rutas más largas que llegaban hasta Bocagrande, pues antes los buses llegaban hasta el parque de La Marina y los pasajeros debían hacer transbordo hacia otros barrios.

También tuvo la visión de proyectar el servicio de transporte público de pasajeros a los corregimientos de la Zona Norte. Este fue su último proyecto, el que denominó la Ruta de la Paz y, pese que le dio pérdidas económicas, lo mantuvo por muchos años.

Caribeño y metódico
Mi padre fue un hombre caribeño, defensor de los valores que tenemos los que nacimos en la Costa. Recuerdo que todos los domingos almorzaba arroz de frijol cabecita negra, plátano en tentación y salpicón de toyo con sus amigos, el coronel Orlando Arévalo que era como su hermano, Arturo Matson Figueroa y Luis H. Arrauth Esquivel, entre otros. Otra de las cosas que quedó marcada en mi memoria era la costumbre rutinaria de ir todos los sábados al mercado de Bazurto a compartir con sus amigos, y después llegaba al Carulla de Manga donde hacia mercado para él y sus hijos. Tenía un carro Chevrolet Monza, de color verde aceituna, que manejaba a muy baja velocidad de Manga al Centro porque decía que debía manejar a la defensiva. En cierta ocasión, todos sus hijos quisimos cambiarle el carro, pero él dijo que en vida nunca se iba a quedar con el patrimonio de sus nietos, que el que nos tenia ayudar era él, que los padres nunca pierden la responsabilidad sobre sus hijos. Así era y nadie podía contradecirlo.

Su faceta de formador
Los fines de semana se dedicaba a dictar charlas a los reguladores, conductores y sparrings de su empresa Pemape a quienes les inculcaba el respeto por los valores y la buena educación. En su sepelio me encontré a muchos ex trabajadores que me dijeron: “Estoy pensionado gracias a Don Pedro”.


A su oficina le decían el “cuarto frío”, al que todos le temían cuando eran llamados por su carácter recio y sus llamados de atención, que siempre estaban enmarcados en la rectitud. Aunque todos conocían su nobleza. En cierta ocasión un conductor faltó al trabajo y cuando mi papá lo inquirió, el señor le dijo que tenía un hijo enfermo y que se había quedado acompañando a su mujer. Entonces, mi papá le dijo: «¿Ahh, es que usted es pediatra? Eso tiene que hacerlo es su esposa y usted debe valorar su trabajo, cuidar su puesto laboral para tener mujer e hijo, debe cuidar su empleo». Es que para él el trabajo lo era todo.
Repetía siempre que uno viene a la vida a servir. Dio todo en la vida por su familia.  Siempre, cuando alguien le pedía un favor, desde el más humilde hasta el más encopetado, decía: “Estoy a sus pies para servirle”.

Otras anécdotas
Si hay algo a lo que me he acostumbrado es que todo el que escucha mi nombre por primera vez, siempre repite: ¿Pedrito?

En cierta ocasión siendo joven pregunté a Lola, mi madre, y a mis padrinos, que son mis primos Nelson y Arleth Cottiz Pereira, y ellos me comentaron que cuando me llevaron a la iglesia la Ermita del Pie de la Popa, el cura se negó a bautizarme con el diminutivo. Y entonces mi papá amenazó cambiarse de religión si era necesario, pero que tenían que ponerme Pedrito Tomás. Finalmente, a regañadientes el párroco aceptó. Pero otro día le pregunté a mi padre el por qué de mi nombre en diminutivo y me dijo: “Hijo el corazón me traicionó porque como fuiste mi último hijo quería que todo el mundo te tratara con cariño”.

Mi padre fue un luchador. A la edad de 65 años en 1995 fue diagnosticado con un cáncer de colón, gracias a Dios y a las manos prodigiosas del doctor Antonio María Martínez y al tratamiento oncológico de Haroldo Estrada pudo sobrevivir. Llegaba a las quimioterapias con su mejor vestido y perfumado. De ahí salía a trabajar, aún con los dolores que le dejaban esas sesiones.
Después de que terminó el tratamiento contra el cáncer, siguió yendo al hospital Bocagrande a darle animo a los enfermos de cáncer.

Mi padre superó muchas adversidades, entre ellas la pobreza, la falta de preparación académica y esa enfermedad terrible. Con este escrito quise recordarte, y lograr refrescar las memorias de quienes te conocieron. Siempre vivirás en los corazones de quienes te conocimos Pedro Manuel Pereira Ramos. Feliz cumpleaños en el cielo. ¡Paz en tu tumba, padre amado!

Pedrito Pereira Caballero