Rodolfo Segovia, el historiador errante – Opinión de Miguel A. Montes Curi

Por Miguel A. Montes Curi (Especial para Revista Zetta).- La partida del historiador cartagenero Rodolfo Segovia Salas supone el paso al más allá de un estandarte de nuestras letras e historia. Gracias a su nutrida pluma y metódica investigación, tuve la increíble oportunidad de (re)vivir diversos episodios de la historia de nuestra patria en lo más parecido a la carne propia. Sus atribuciones fueron muchas, sus logros inconmensurables. Egresado de ingeniería química del MIT e historiador de Berkeley, contribuyó ampliamente al debate energético en el país desde Ecopetrol, y como presidente de la Academia de Historia desenterró sendos tesoros bibliográficos que dieron vida a su magna obra. Participó activamente en la política como Senador de la República y defendió los intereses de los colombianos como Ministro de Obras Públicas y Transporte. Ya ni hablar de su injerencia en el desarrollo del sector privado. Pero el tipo de homenaje póstumo que quiero hacer no busca ser un compendio frío de logros académicos y laborales, sino más bien un profundo agradecimiento por las vidas que él me permitió habitar.

Rodolfo enalteció a capa y espada el ejercicio de la historiografía al dedicarle miles de horas al estudio bibliográfico: lo imagino paseándose con tenacidad de escribano por polvorientos documentos históricos de caligrafía indescifrable y bajo la luz tenue de un penumbroso repositorio bibliotecario. En sus libros se respira esa incesante curiosidad y magnánima odisea del conocimiento. Pero lo que realmente impacta de su escritura es la filosa capacidad que tiene para situar a los lectores físicamente en la fragata que atraviesa el Caribe, en el sitio de San Felipe, en el teatro de la guerra, en el combate mano a mano. Solamente un lector voraz de la crónica histórica, conocedor de su evolución desde Heródoto hasta García Márquez, podría haber engendrado textos que equilibran de tal manera la rigurosidad histórica y la subjetividad del yo literario.

Con Rodolfo acompañé al mariscal de campo Pablo Morillo desde una España quebrada por la guerra contra Napoleón hasta el sitio de los 105 días que derrumbaron el sueño de la Primera República granadina en 1815. Bajo su paraguas verde, Morillo emprendió la reconquista de la Provincia de Cartagena contra los republicanos allí sitiados, la propagación de enfermedades infecciosas y el húmedo ecosistema caribeño. Con un ritmo ágil y envolvente, el estilo de Rodolfo resulta en una inmersión vívida sobre los acontecimientos que configuraron la arquitectura de Cartagena; todo sin dejar de deslumbrar con un extraordinario balance de tropas, embarcaciones y provisiones. 

Rodolfo debió conocer el Aleph de Borges, ese espacio en el que están todos los lugares y acontecimientos del universo, donde habita el conocimiento. Aquella primera vez, con ojos conmovidos de alegría pueril, Rodolfo decidió dedicar sus años de vida a legarnos la vasta historia que nos trajo hasta aquí. Gracias, Rodolfo.