¿Y qué es lo malo del cemento? – Opinión de Alberto Martínez Monterrosa

Por Alberto Martínez Monterrosa (Especial para Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 27 de agosto de 2025.- Cuando viví en El Pozón con mi familia materna, los buses de Olaya llegaban hasta el retén de Doña Manuela, así es que nos tocaba caminar más de un kilómetro, diariamente, de ida y de venida, a sol o a lluvia, para conectarnos con la ciudad de los amores.

En los escasos tres barrios que lo poblaban no había luz, ni acueducto, ni alcantarillado ni nada parecido a una calle pavimentada, pero desde muchos confines seguían acurrucándose allí los hijos de nadie en busca de la tierra prometida.

Los más grandecitos teníamos que lanzarnos a la caza de un carrotanque de agua que se aparecía entre las 4 y 5 de cada madrugada para comprar dos latas que nos ceñíamos a cada hombro al tenor de una vara de roble que exigía habilidades de equilibrista.

En épocas de invierno, que eran las peores, pasábamos del tormento de las calles empolvadas al suplicio de los senderos de lodo y lo chapoteábamos con bolsas plásticas amarradas a los tobillos, para que la civilización no nos viera llegar con las huellas del barrio.

Por todo eso sé perfectamente lo que significa el cemento en la vida de nuestras comunidades y lo que implica que este gobierno haya pavimentado ya en las barriadas de la ciudad más de 30 kilómetros de calles (la distancia que hay entre Cartagena y Clemencia).

Supongamos, en gracia de una discusión a la que volveré más adelante, que al alcalde Dumek Turbay Paz y a su equipo nos gusta demasiado el cemento. Es el cemento, vale decir, que levanta hospitales donde médicos y enfermeras garantizan el derecho a la vida; soporta las redes de alcantarillado y acueducto donde se gesta la dignidad sanitaria de las familias, y tiende argamasa sobre las calles abatidas para que los transeúntes caminen con los pies en la decencia.

Es el mismo cemento que, por décadas, se le negó a las escuelas públicas de la ciudad -de ahí su estado ruinoso- y que hoy estamos devolviéndole con una inversión histórica, vía crédito, recursos propios y regalías, que ya compromete más de 350.000 milllones de pesos, para que las aparentes moles reciban estudiantes de primera infancia, tengan las mejores bibliotecas de la ciudad y se vuelan universidad por las noches.

Pero cada peso invertido en obras civiles, ha dicho la Cámara Colombiana de la Infraestructura, incrementa la producción nacional en 2,25 pesos; los salarios en 2,46 pesos y los impuestos en 4,90 pesos. El efecto multiplicador arropa la producción de arena, piedras, calizas, hierro, maquinaria, cemento en el caso de las calles; y una veintena de sectores más, como puertas, ventanas, vidrios, pisos, enchapes, cerraduras, pintura, cubiertas, cuando lo que se levanta es una escuela, un CDI o una clínica.

La misma Cámara también ha dicho que cada billón de pesos adicional en infraestructura genera 28.000 nuevos empleos en los territorios. Los préstamos que el Distrito contrató con los bancos para estos cuatro años ascienden a billón y medio. Hagamos cuentas.

Ahora bien: este gobierno no invierte solo en cemento. De hecho, es lo que menos hace.

Tomemos, a título de ejemplo, el presupuesto del Dadis, la Secretaría de Educación y la Secretaría de Desarrollo social para la vigencia 2025. La inversión de estas tres entidades suma 2.3 billones de pesos, de los cuales 43 mil millones de pesos están destinados a obras de concreto, es decir, 1.7 pesos de cada 100. El resto, que equivale al 98,3%, es pura inversión o gasto social, porque se va en aseguramiento, servicio educativo y atención a población vulnerable.

El impacto ya se ve. En junio de este año, la tasa de desempleo local llegó a un digito, al ubicarse en 9.5 por ciento, 3.6 puntos por debajo de la de 2024, y convertirse en la más baja en seis años.

Entre enero de 2024 y abril de 2025, que fue la última medición, el Instituto Nacional de Salud no registró una sola muerte materna en Cartagena, lo cual es sintomático del acceso y la calidad de los servicios de salud.

Y en el 2024 el Distrito entregó a los jóvenes de la ciudad 3.000 becas universitarias, algo más del 80% de todas las que registró durante el cuatrienio pasado, con un elemento de valor muy importante: derrotamos el paradigma de que los jóvenes de nuestros colegios públicos solo podían ser bachilleres.

Ahí está la vocación natural del presupuesto distrital.

Me sigo quedando en educación: Los más de 450.000 millones de pesos que cuesta el programa de alimentación escolar de estos cuatro años y que hoy cubre a casi 110.000 estudiantes diariamente, cada vez con más comedores y almuerzo caliente, equivalen a: 3 malecones del mar, 4 intercambiadores de La Carolina y casi 20 corredores de carga.

Por supuesto que invertimos cemento, porque una ciudad que en el pasado reciente no solo no hizo lo que debía sino que abandonó lo que ya existía, demanda intervenciones que le permitan activar su desarrollo y dinamizar una economía que también durmió sobre colchones en el piso.

Pero no por el ruido que producen las máquinas podemos desconocer que la gran concentración del presupuesto público de Cartagena está hoy en los niños y niñas que van a la escuela, los jóvenes que buscan su primera chamba, los desempleados que se cansaron de la informalidad, los enfermos que reciben trato digno, las madres que tienen aliciente económico para seguir siendo cabeza de hogar, los abuelos que se reencuentran con la vida en los centros de adulto mayor, y, claro, la muchachada que hoy empieza a despertar en sus sectores sin las angustias que vivieron generaciones anteriores.

(*) Secretario de Educación Distrital