Del litigio al desprestigio – Opinión de John Zamora

Por John Zamora (Director de Revista Zeta).- Cartagena de Indias, 3 de septiembre de 2025.- Concebida como una garantía para los derechos fundamentales, la tutela ha escrito una fecunda historia de conquistas, pero también ha sufrido los embates de la burla y la politización.

Es cierto que miles de personas han encontrado en la tutela su única tabla de salvación, pero también lo es que muchos fallos son olímpicamente burlados, en especial los atinentes a la salud. Que eso enerve es entendible, pero lo verdaderamente miserable es politizar a la tutela, convertirla en instrumento de acción politiquera, o buscar su sombra para iluminar oscuros deseos de figureo.

En Cartagena de Indias se hizo lúgubremente famosa una acción que pretendía frenar una solución aplazada por años: la salvación de la infraestructura educativa.

Nos cansamos de escuchar (y pagar) el famoso Plan Maestro Educativo, abundante en contratistas y consultores, pero nulo en soluciones, mientras el riesgo de desplome aumentaba contra nuestra población estudiantil, que debía acudir a unas instalaciones indignas, inseguras y atadas al pasado.

Llegó por fin un alcalde que ha liderado un proceso de renovación de nuestra conciencia cívica, de recordarnos que Cartagena de Indias tiene un brillo que recuperar, y que esa transformación tiene urgencias por todos los frentes, entre ellos el educativo.

Manos a la obra, sin maqueta ni carreta, y la recuperación comenzó… hasta que apareció la nefasta politiquería a ponerle palos en la rueda de la salvación educativa, de la dignificación de espacios para nuestra infancia y juventud. A una abogada (*su nombre ya ha famoso) se le ocurrió la insultante idea de tutelar lo intutelable. Precisamente, los estudiantes vivían en un mundo de vulneración de sus derechos, y las obras remediaban ese estado, pero el contrasentido jurídico de la accionante y el juez de tutela escribieron una nueva y oprobiosa página en la triste y larga historia de los baldes de cangrejo, al decretar la suspensión de tales trabajos como medida provisional.

No se necesitaba un milagro sino una pizca de sensatez, sentido común y lógica jurídica para descartar ese exabrupto, regresar las aguas a su cause, avanzar en los trabajos, recuperar colegios para la educación de nuestros hijos, y seguir en la recuperación inatajable de Cartagena de Indias.

Desde luego, la ciudad de bien comparte el júbilo del alcalde Dumek Turbay, a quien respaldamos en su plan de transformación, visión y ejecución palpables.

La ciudad sigue unida, cohesionada en ese propósito, pero no se duerme en este triunfo, porque es seguro que seguirán los ataques de sectores invidentes e insensibles contra la transformación, y con mayor probabilidad a medida que se eleva la temperatura del debate electoral.

Que nadie olvide y quede muy claro que en este caso se pasó del litigio al desprestigio.