
Por Ambrosio Fernandez (Especial para Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 24 de abril de 2026.- En la era de las redes sociales, la identidad ha dejado de ser únicamente una construcción íntima para convertirse en una puesta en escena permanente. Cada fotografía, cada opinión y cada logro publicado parecen formar parte de un guion cuidadosamente editado donde la imperfección no tiene cabida. Desde una mirada psicológica, este fenómeno podría revelar una necesidad profunda de validación, pero también una creciente dificultad para aceptarnos tal como somos.
Hoy observamos una tendencia preocupante: muchas personas no solo desean mostrar su mejor versión, lo cual es natural, sino que intentan proyectar una versión que en realidad no existe. Las redes han creado un escenario donde la apariencia de éxito, conocimiento o estabilidad emocional puede construirse con filtros, frases atractivas y discursos que suenan convincentes, pero que no necesariamente corresponden a la experiencia real de quien los emite o a la realidad de las situaciones.
El problema no radica únicamente en la distorsión individual, sino en el efecto colectivo. Cuando una sociedad comienza a normalizar la exageración, la apariencia y la simulación, se debilitan los valores que sostienen la confianza social. La credibilidad, que históricamente se construía con coherencia entre el discurso y la acción, hoy puede ser reemplazada por la habilidad de comunicar de manera persuasiva, aun cuando el contenido carezca de sustento real.
Resulta especialmente delicado cuando algunas personas se posicionan como expertos o guías en temas sensibles como la salud emocional, el éxito financiero o el desarrollo personal, sin que su propia trayectoria refleje la solidez que proyectan. En estos casos no solo se distorsiona la verdad, sino que se pone en riesgo a quienes buscan orientación genuina en momentos de vulnerabilidad.
Desde la psicología sé menciona que la construcción de identidad requiere coherencia, autenticidad y aceptación de la propia historia, incluso con sus errores. Una sociedad que premia únicamente la apariencia puede fomentar ansiedad, sensación de insuficiencia y una necesidad constante de comparación.
El desafío de nuestra época no es tener más visibilidad, sino más honestidad. No se trata de renunciar a compartir logros o aspiraciones, sino de recordar que la verdadera influencia se construye con integridad. Cuando la verdad deja de ser el criterio principal y la vanidad ocupa su lugar, el tejido social comienza a deteriorarse silenciosamente.
La pregunta que deberíamos hacernos no es cuantas personas nos siguen, sino que tan coherente es lo que mostramos con lo que realmente somos. Porque una sociedad basada en apariencias puede generar admiración momentánea, pero una sociedad basada en la verdad puede construir confianza duradera.
