Don Jorge Irisarri Núñez: adiós al educador insigne de Cartagena – Opinión de Luis Eduardo Brochet Pineda

Por Luis Eduardo Brochet Pineda.- (Especial para revista Zetta).- Cartagena de Indias, 11 de septiembre de 2026.- En días pasados una noticia melancólica y sorpresiva se difundió por el grupo de WhatsApp “Los Esperancistas”, que desde hace más de una década integramos varios amigos y condiscípulos del Colegio de La Esperanza, ubicado en la Calle del Tejadillo del Centro Histórico, dónde estudiamos por la década de los sesenta y setenta del pasado siglo.

La noticia aciaga fue el fallecimiento de Don Jorge Irisarri Núñez, nuestro querido profesor y vicerrector de aquella institución emblemática, que lo sigue siendo hoy a través del Colegio La Nueva Esperanza, de larga y fructífera tradición cultural en la historia de Cartagena de Indias, formadora de muchas generaciones.  

Por aquellas calendas no existía la “jornada continua” ni tampoco los uniformes; de tal forma que los horarios contemplaban dos jornadas diarias (de 7:00 u 8:00 am., a 11:00 am., y de 2:00 a 4:00 o 5:00 pm.). El vestuario debía ser impecable; zapatos bien lustrados y corte de cabello adecuado, sin un milímetro de largo sobre las orejas: ese era un riguroso orden disciplinario de estricto cumplimiento, que aún conservamos todos los que somos Esperancistas de aquellas cohortes.

Los que vivíamos cerca del Colegio (en los barrios de El Cabrero, San Diego, Santo Domingo o Centro Histórico), íbamos a casa a almorzar, hacíamos la siesta algunas veces y regresábamos al colegio con ropa limpia, regularmente. La campana de ingreso a las aulas sonaba con cinco minutos de anticipación y pasados cinco minutos de la hora correspondiente, las puertas se cerraban y no había posibilidad alguna de una concesión, salvo una justificada y documentada excusa médica.

Don Jorge, en compañía de su padre, Don Antonio María Irisarri, quién era el Rector por aquellos años, nos recibían a la entrada con una amable sonrisa, pero con escrutadora mirada y, ante el mínimo desliz estético o de presentación personal, el estudiante no entraba a clases y tenía que enmendar la falta para el día o la jornada siguiente: aquello era coherencia, respeto, cumplimiento y autoestima.

Independiente al compromiso académico de cada año escolar, existían otros: la semana cultural, la exposición científica, los torneos deportivos intercolegiados y el concurso nacional de ciencias e inglés; había que competir, pero también había que ganar y cosechar premios; esa era una misión institucional que no podíamos soslayar y, de hecho, se cumplía en la mayoría de los casos.

Como un pequeño paréntesis anecdótico, me referiré a Don Antonio María Irisarri, el señor Rector: siempre impecable de lino blanco y corbata negra, recuerdo aquellos derroches de conocimiento, cuando al faltar un docente; sea de aritmética, álgebra, historia o inglés, Don Antonio llegaba al aula, nos preguntaba por dónde íbamos en la asignatura y seguía la temática de clases con una facilidad increíble, que lo preferíamos al docente titular. 

Don Jorge, de profesor de inglés y prefecto de disciplina, ascendió a vicerrector y luego a la rectoría en ausencia de Don Antonio. Fue siempre nuestro referente y modelo de orden y disciplina; de las libertades con responsabilidad y del sacrificio por el logro de los objetivos en la vida.

Nos hizo hombres y mujeres honestos, aunque competitivos, luchadores y respetuosos de las diferencias ideológicas, religiosas o políticas; con valores sólidos e innegociables. Nuestros hijos y nietos, sin saberlo, llevan parte de esa enseñanza indeleble.

A su esposa Marta Foschini; a sus hijas María Virginia y Ana Milena, nuestros profundos sentimientos de solidaridad, aprecio y agradecimiento.

Este legado valiosísimo está hoy seguro y en buenas manos: María Virginia Irisarri Foschini, directora del Colegio La Nueva Esperanza, de Turbaco (Bolívar).