
Por Antonio Laitano Leal (Especial Lara Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 27 de septiembre de 2026.- Se levantó más temprano que de costumbre. Fue hasta la cocina, abrió la lata donde guardaba el café Almendra Tropical, el mejor dentro de la economía náufraga en que andábamos todos en el pueblo. Metió la cuchara hasta el fondo y comprobó que todavía quedaba lo suficiente para preparar una última colada. Sonrió. Mañana sería otro día y, si la suerte lo acompañaba, no tendría que seguir contando las cucharadas de café como quien cuenta los últimos centavos de su existencia.

En el baño lo esperaban las dos ollas de agua que le había dejado Luzmilla, su hermosa esposa, la mujer que lo había amado toda la vida y que, a pesar de los sobresaltos del matrimonio, continuaba a su lado. Él no guardaba resentimiento alguno hacia ella. Por el contrario, Luzmilla había celebrado consigo misma un pacto silencioso: olvidar para poder seguir viviendo. Había aprendido que ciertos recuerdos, cuando se alimentan demasiado, terminan convirtiéndose en cuchillos.
No quería terminar como Juancho, el cocinero del pueblo, degollado en medio de un reclamo de amor resentido que terminó perdiéndose entre las brumas sórdidas de la muerte. Desde entonces, Luzmilla sabía que había que dejar descansar ciertas heridas, porque el amor, cuando se transforma en odio, puede terminar sentado a la misma mesa de la desgracia.
Fue hasta el patio y cortó un racimo de mafufos, aquel plátano fino que daba generosamente la tierra de aluvión, como toda tierra bendecida por las crecientes del río. Los cocinaría y acompañaría con el último cuarto de manteca de cerdo que le quedaba y las cuatro onzas de queso que había fiado en la tienda de Chepa Robles.
En aquella tienda fiaba casi todo. Chepa llevaba las cuentas en un cuaderno de tapas ajadas, donde los nombres de los deudores parecían formar el censo verdadero del pueblo. Allí estaban anotados el arroz, la manteca, el café, el jabón y hasta las esperanzas de quienes prometían pagar después de la próxima cosecha, de la siguiente pesca o de algún milagro que nunca terminaba de llegar.
Lo único que no fiaba eran los calzoncillos, rotos y raídos por el tiempo, que compraba donde el Paisa Jaramillo, el mismo que le vendía las camisas blancas y los pantalones caqui. Para aquella mañana había escogido precisamente una camisa blanca, un pantalón caqui cuidadosamente planchado y sus zapatos Capricho, que reservaba para las ocasiones en que la vida merecía ser celebrada.
Y aquella mañana merecía celebrarse.
Estaba alegre, contento, feliz y encantado de la vida. La víspera, cuando caminaba hacia la última función de cine, se había encontrado una pequeña bolsa de tela. Dentro había un billete entero de la Lotería del Atlántico.
No era una fracción. No era un pedacito de esperanza compartida entre diez pobres. Era un billete entero, con todos sus números, con toda su promesa y con aquella extraordinaria capacidad que tienen los billetes de lotería de convertir, durante unas horas, a un hombre hambriento en propietario imaginario de medio mundo.
Lo guardó cuidadosamente en el bolsillo y siguió caminando hacia el teatro. Había llegado la última película de Bruce Lee y nadie quería perderse aquella función. En el pueblo, donde casi nunca sucedía nada extraordinario, el cine nos permitía escapar durante dos horas de la pobreza, atravesar océanos, conocer ciudades imposibles y contemplar cómo un hombre pequeño podía derrotar a todos sus enemigos con la velocidad de sus puños.
Pero aquella noche él no necesitaba las hazañas de Bruce Lee para sentirse invencible. Llevaba en el bolsillo algo más poderoso que las artes marciales: la posibilidad de que la fortuna hubiera decidido, por fin, acordarse de su existencia.
Durante la función apenas prestó atención a la pantalla. Cada vez que el público estallaba en aplausos, él se llevaba discretamente la mano al bolsillo para comprobar que el billete continuaba allí. Pensaba en Luzmilla, en las deudas de Chepa Robles, en los zapatos que ya comenzaban a abrirse por las puntas y en aquella lata de café Almendra Tropical que llevaba demasiado tiempo esperando una segunda oportunidad.
No soñaba con palacios ni automóviles importados. Tampoco con abandonar el pueblo, donde estaban enterrados sus muertos y donde conocía hasta el nombre de los perros que dormían debajo de las mesas del mercado.
Soñaba con pagar sus deudas, llenar la despensa, comprarle un vestido nuevo a Luzmilla y sentarse en la plaza, sin apuros, a conversar con los amigos.
Sobre todo, soñaba con algo que para cualquier hombre rico habría resultado insignificante: poder mandar a buscar un tinto sin tener que preguntarle primero al bolsillo si estaba de acuerdo.
Al regresar a casa, encontró a Luzmilla dormida. No quiso despertarla. Se quitó los zapatos, dobló cuidadosamente el pantalón y guardó el billete en el lugar más seguro que pudo imaginar. Después se acostó a su lado y permaneció largo rato mirando la oscuridad.
A la mañana siguiente, mientras los mafufos hervían en la cocina y el olor del café comenzaba a recorrer la casa, volvió a sacar el billete.
Lo extendió sobre la mesa, alisó sus dobleces y contempló los números con una devoción semejante a la de quienes examinan una estampita milagrosa.
Luzmilla apareció en la puerta de la cocina.
—¿Y a ti qué te pasa que amaneciste tan contento?
Él levantó la mirada y sonrió con una felicidad que parecía haberle borrado veinte años de encima.
—Mujer, hoy vamos a saber si Dios se acordó de nosotros.
Ella miró el billete, después miró la olla de los mafufos y finalmente volvió a mirarlo a él.
—Primero desayuna, que la lotería no se va a ir para ninguna parte.
Él soltó una carcajada.
En aquella casa, donde tantas veces había faltado el dinero, nunca había faltado la sensatez de Luzmilla.
Se sentó a desayunar. Partió el queso en dos porciones, le ofreció la mayor a su mujer y se sirvió una taza de café.
Afuera, el pueblo despertaba con sus vendedores, sus pescadores y sus mujeres que barrían los patios antes de que el sol comenzara a castigar las calles. El río seguía pasando, indiferente a las fortunas y las desgracias de los hombres.
Él levantó la taza, bebió lentamente y volvió a sonreír.
—Luzmilla, mañana tendré para mandarme los tintos.
Y lo dijo con la solemnidad de quien acaba de anunciar la conquista del mundo.
Porque en aquel pueblo, donde la economía naufragaba todos los días y el hambre conocía el camino de todas las casas, la riqueza podía comenzar con algo tan pequeño como una taza de café pagada de contado.
