
Por Luis Eduardo Brochet Pineda (Especial para Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 24 de octubre de 2026.- Este domingo 25 es el balotaje en las elecciones para presidente de Brasil; una segunda vuelta que viene precedida por agrios debates televisados, que antes de plantear asuntos de interés nacional como la economía, la seguridad o la educación, terminan en encuentros de mutuas acusaciones familiares y personales, con referencia a los temas penitenciarios que salpican a ambos.
En la primera vuelta, el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula da Silva, con todas las ventajas, las encuestas y los pronósticos, alcanzó el 45.16%, frente al Partido Liberal (PL) de Flavio Bolsonaro, que se trepó en la estadística, con el 47.03% de los votos; una diferencia ajustada, pero no esperada por los analistas.
La abstención fue mayor al 21%, una franja que, definitivamente, decidiría la elección de este domingo, pero no se observa entusiasmo ni decisión por el lado de la izquierda, para pensar que se puedan voltear los resultados a favor de Lula. Bolsonaro ha sido una tendencia ascendente; más agresiva y visceral, con un discurso eficaz y claro; Lula fue un pésimo comunicador sin un discurso motivador y con una imagen de sosegada tranquilidad de espíritu.
Otro aspecto desfavorable al PT, que se sumaría a la corriente ideológica en Sur América, es que la izquierda brasileña no dejó sucesores, luego del fracasado experimento de Dilma Rousseff. En la misma línea huérfana han quedado los liderazgos desgastados de Evo Morales, Michelle Bachelet, Gabriel Boric, Fernández de Kirchner, Gustavo Petro, Pedro Castillo o Rafael Correa.
En la clase media y en las Pymes del gigante suramericano, hubo descontento por ese discurso vacío de un progresismo desconectado de la gobernabilidad y la geopolítica de los últimos tres años; sin resultados concretos sobre la economía, el acceso al crédito blando y a la seguridad ciudadana del día a día. Por otra parte, el PL y el proyecto de país en que se concentró el candidato Bolsonaro, fue el de la economía familiar, la pequeña empresa y la seguridad, rechazando tajantemente la cultura wokista, antisemita y anticristiana, la misma que asola Europa hoy, y que apoyó directamente la izquierda alrededor del PT. En ese mismo incomprensible orden de testarudez, Lula apuesta por una sociedad “de clase media baja para Brasil”, algo así como más pobreza en la agenda de gobierno.
Para la seguridad de la Región y para Colombia en especial, la caída de Lula da Silva representa una reconfiguración de la influencia e injerencia de una organización nefasta para el desarrollo económico en los territorios, las libertades ciudadanas y la seguridad soberana, como ha sido EL FORO DE SAO PAULO. Esa “organización” aglutinó la “crema y nata” de los partidos políticos de izquierda radical latinoamericana, como también a grupos terroristas y narcotraficantes como las FARC en 1996, encabezado por el criminal “Tirofijo” en ese entonces.
Debo decir que Flavio Bolsonaro no es, quizás, el candidato ideal para lo que requieren los brasileños en la coyuntura política de hoy, ni tampoco dentro del contexto de la economía global en la que se mueve el país; sin embargo, pese a que muchos de los votos serán de “protesta contra el PT” e independiente al difuso proyecto de país que presenta el candidato, es la mejor opción para todos.
La presidencia de Lula enfrentaría un Parlamento en minoría y una integración bastante complicada. Una presidencia de Bolsonaro suma alianzas con los Estados Unidos e Israel, sin apartarse estratégicamente de los BRICS, la UE y Mercosur, como la arquitectura ideal de integración.
Todo lo anterior, nos lleva a especular con unos seis (6) puntos porcentuales de diferencia en el total de votos, así: Lula Da Silva: 47%, Flavio Bolsonaro: 53%.
De esta forma, Brasil, con Bolsonaro en la presidencia, cerraría el circulo para la derecha suramericana, ratificando que la era de los OUTSIDER apenas se inicia, independiente a su militancia en el Partido Liberal.
