La tiranía de los cuerpos – Opinión de Ambrosio Fernández

Por Ambrosio Fernández (Especial para Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 28 de octubre de 2022.- Los cartageneros hemos sido capaces no solo de atravesar nuestras desgracias, sino volverlas leyenda, hacerlas canción y hasta bailarlas. La famosa composición “La Rebelión” de Joe Arroyo es una muestra de ello. A ritmo de salsa relata la dolorosa historia de la esclavitud que se vivió en las calles de Cartagena cuando “el tirano mandó”. Ese fue uno de los factores por los que nos conocieron en los años “mil seiscientos” y ganamos relevancia en la América colonial. Cartagena fue uno de los principales puertos “negreros” por los que desembarcaban las almas que traían de África y que sobrevivían el cruce del océano Atlántico. Por nuestra bahía se negociaban con cuerpos, con todo lo que eso implicaba. 

Más de cuatrocientos años después, “las calles de cartagena” son también testigos del negocio del tráfico de seres humanos. Cientos de cuerpos se mueven todos los días y todas las noches por las calles del Centro Histórico, por las recepciones de los hoteles y de los edificios, porque Cartagena es hoy conocida también por la prostitución. 

El asunto no es una cuestión de moralismos, pues, aunque se dice que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo y hay quiénes lo ejercen por decisión propia y gozando de las libertades individuales que puede consagrar, al menos en el papel, un Estado social de derecho como el nuestro, lo cierto es que alrededor de esa actividad se esconden tragedias que hablan también del fracaso como sociedad. 

Muchas de las mujeres y hombres que se escabullen en la noche cartagenera ofreciendo servicios sexuales son presas de traficantes o de estructuras ilícitas poderosas que fomentan la grave crisis de orden público que enfrentamos. El negocio es también una muestra de una economía que no ha sido capaz de generar suficiente trabajo formal y bien remunerado, como para que las personas no tengan que dedicarse a vender sus cuerpos, pero lo que es peor aún, también esta problemática encuentra en niñas, niños y adolescentes, víctimas fáciles para ofrecer al mejor postor. 

El hambre y la miseria que abundan acá parecen ser la boleta de ingreso al mundo de la prostitución. La falta de oportunidades deja muchas veces sin otro camino que seguir a quiénes se dedican a este oficio y aunque probablemente sean muchas las veces que se ha escrito o hablado de este mal que afecta La Heroica, nunca dejará de ser una vergüenza que, para poder llevar comida a la mesa, el ser humano se tenga que convertir en una mercancía. 

Tanto en los años 1600, como hoy, en las calles de Cartagena la tiranía sigue mandando, disponiendo de los cuerpos que se compran y se venden.