La Patria Milagro y su centro de comando – Opinión de Miguel Raad

Por: Miguel Raad Hernández (Especial para Revista Zetta).- (Cartagena de Indias, 29 de julio de 2026).- En la entrega anterior de esta serie sostuve que no hay milagro sin Estado capaz. Hoy quiero mostrar algo más incómodo y útil: que los milagros económicos tienen dirección y horario de oficina. El de Corea del Sur despachaba en el Consejo de Planificación Económica; el de Singapur, en el Consejo de Desarrollo Económico. Detrás de cada «tigre» no hubo un acto de fe en el mercado ni un caudillo iluminado, sino un edificio lleno de funcionarios brillantes con poder real y paciencia de décadas.

Conviene precisar qué significa «poder real», porque el concepto es difuso en Colombia. El consejo coreano concentraba tres funciones que entre nosotros están separadas y enemistadas: la planificación, el presupuesto de inversión y la estadística. Quien planifica sin presupuesto escribe documentos; quien maneja ambos gobierna la economía. Y tenía, además, el instrumento que hizo la diferencia: el crédito subsidiado y condicionado. El subsidio nunca fue un regalo sino un contrato con examen final. La empresa que recibía apoyo estatal debía demostrar, exportando, que lo merecía; y el mercado mundial es un examinador que ningún lobby doméstico puede sobornar. También estamos advertidos de las exportaciones simuladas o de carrusel que se dieron en Colombia para cobrar el incentivo del CERT y los otros incentivos. Los Tigres asiáticos eran draconianos con el que reprobaba o engañaba, el Estado le retiraba el beneficio y, en caso de dolo, sancionaba. Este solo parámetro separa el milagro asiático de medio siglo de proteccionismo latinoamericano, donde el subsidio, una vez concedido, se volvía herencia y hasta corrupción.

El sociólogo Peter Evans le puso nombre a la fórmula: autonomía enraizada. Autonomía, porque aquellas burocracias se reclutaban por mérito feroz, hacían carreras de treinta años y nadie hipoteca tres décadas de trayectoria por un soborno de martes. Enraizamiento, porque no gobernaban desde una torre: negociaban metas con los empresarios, sector por sector, en consejos donde el Estado se enteraba de la economía real. El equilibrio es delicadísimo. Autonomía sin raíces produce el planificador soviético, que decide a ciegas porque nadie le dice la verdad. Raíces sin autonomía producen algo que conocemos demasiado bien: el Estado capturado, que sabe únicamente lo que el capturador quiere que sepa. La diferencia entre enraizamiento y compadrazgo está en un adjetivo: la relación es institucional, entre la agencia y el sector, no entre el ministro y su amigo.

Sé lo que el lector avisado está pensando: aquellos consejos operaron en regímenes autoritarios, sin tutela, sin corte constitucional, sin prensa libre. Es verdad, y quien proponga importar esa figura institucional propone un contrabando inaceptable. Pero la lección admite traducción democrática, y Colombia ya hizo el ejercicio una vez: el Banco de la República es exactamente eso, una isla técnica protegida del ciclo político por diseño constitucional, con junta de períodos fijos, y nadie serio sostiene hoy que la autonomía del Emisor sea una institución autoritaria. Lo trasplantable no es el silencio de las dictaduras sino sus equivalentes funcionales bajo la Constitución de 1991: períodos fijos, carrera técnica, reglas públicas y auditables.

Y aquí viene la tesis que quiero dejar sembrada: Colombia no necesita inventar su agencia piloto, porque ya la tiene a medio construir. El Departamento Nacional de Planeación, con el CONPES y el Plan Nacional de Desarrollo, es sobre el papel uno de los organismos de planificación más robustos de América Latina. Lo que le falta es, precisamente, lo que hacía reales a sus parientes asiáticos: Uno: el presupuesto está partido con Hacienda, de modo que nadie gobierna de verdad la asignación de los recursos. Dos: su cúpula es desmontada totalmente por cada nuevo gobierno o, incluso, antes; su horizonte máximo es de cuatro años mal contados, cuando el de Singapur era generacional, además, carece de dientes; no puede condicionar un beneficio, ni retirarlo, ni sancionar al ministerio o sector que incumple las metas del Plan. Tenemos la fachada del Centro de Comando de la Patria Milagro, pero faltan el manejo presupuestal, la estabilidad de su cúpula más allá de un período presidencial y la capacidad y autonomía para decir “NO” a los miles de inversiones casuísticas que proponen los gobiernos nacional y regionales, los congresistas y cuanto opinador imaginativo existe.

La coyuntura ofrece, además, una prueba temprana. El gobierno entrante tiene en el propio Vicepresidente electo, José Manuel Restrepo, la demostración de que el talento existe. Y la Constitución le da al Presidente el instrumento preciso: el artículo 202 le permite confiarle al Vicepresidente misiones y encargos especiales. Encargar al Vicepresidente del DNP sería deseable. Pero ya tuvimos vicepresidencias temáticas con hombres capaces al frente, y su obra se desmontó con su salida, porque era de ellos y no del Estado. La prueba del nuevo gobierno no será nombrar bien, que es lo fácil y lo obvio; será construir el diseño institucional que le sobreviva al nombramiento. Este deberá decidir cómo se atacan esas tres carencias y con qué instrumento jurídico: ¿unificar la función presupuestal?, ¿crear una Junta del DNP con períodos fijos, a la manera del Emisor?, ¿Escribir reglas de reciprocidad que conviertan cada subsidio en un contrato con examen? ¿Cómo integrar o armonizar el CONPES en este nuevo diseño? ¿Qué hacer con los Planes cuatrienales de Desarrollo de cada Gobierno?, ¿Cómo integrar aquí a las Regiones? Y seguramente hay más preguntas. Es una decisión de voluntad política con incidencia constitucional.