
Por Miguel A. Montes Curi (Especial para Revista Zetta).- Cartagena de Indias, 20 de septiembre de 2026.- Se supone que las tecnologías de la comunicación llegaron para acercarnos más. El fax nos acercó más que las cartas manuscritas y el WhatsApp nos acercó más que el correo electrónico. En el desarrollo de estás tecnologías, el objetivo siempre pareció haber sido acortar las distancias y construir puentes de interacción inmediata. Los beneficios siempre parecieron urgentes: más diálogo y debate, más articulación en la toma de decisiones, más participación democrática y más información disponible para sustentar ideas y proyectos. Pero yo lo que veo es más aislamiento, soledad, incomunicación, malestar social, irracionalidad y entretenimiento barato.
Peter Sondergaard, uno de los mayores consultores en tecnología para las grandes multinacionales, dijo que «La información es la gasolina del siglo XXI, y la analítica de datos el motor de combustión». Sin duda uno de los activos más importantes para la economía actual pero, ¿de qué sirve toda esa información si el medio por el cuál la recopilamos nos embrutece y nos fragmenta como sociedad? La empresa que pagó por tus datos podrá hacer un perfil psicológico conciso y concreto de ti, sabrá lo que te gusta y estará más preparada para vendértelo. En cambio, tú quedarás encasillado en una serie de palabras que resumen lo que has navegado en el pasado, toda tu personalidad reducida así, por ejemplo: Juan – deporte: fútbol / música: afro / política: derechas / religión: católica. Es decir que, con la información más básica de lo que en un momento te interesó pero no te define como persona, el algoritmo sabrá lo suficiente de ti como para pretender ser tú y tomar tu lugar. «Nadie se baña dos veces en el mismo río», ya dijo Heródoto. Nuestros gustos e intereses cambian, no somos estáticos, somos constante evolución. Con el algoritmo será muy difícil escapar de ese círculo vicioso. No aprenderemos nada nuevo, siempre tendremos la misma opinión, nadie nos persuadirá de algo diferente.
Uno creería que es lo ideal, que así me ahorro contenido que no me interesa en lo más mínimo, que igual yo tengo libertad para decidir qué me gusta y qué no. Nos creemos más inteligentes que la máquina y decimos con arrogancia que «esa vaina no me controla a mí». Lo cierto es que sí, y mucho más de lo que creemos. Solo podemos ver lo que el algoritmo nos manda; lo que dejamos de ver, y que podría interesarnos, no nos llega. Que ocurra con la música o los deportes no es tan grave, pero en lo político, lo moral, lo social y lo científico sí tiene inmensas repercusiones. La comodidad que nos ganamos con este sistema no justifica la libertad que hemos perdido a causa de él.
Esta no es la posición de un alarmista que urge a todo el mundo a dejar las redes y vivir en el ostracismo, todo lo contrario. Es la posición de alguien que trabaja en la educación superior y ve cómo los estudiantes pierden pensamiento crítico y capacidad de análisis, son incapaces de sustentar sus trabajos porque el miedo escénico los paraliza y se doblegan ante la primera crítica del docente. No solo delegan el trabajo a la IA, sino que no lo revisan; le piden a la misma IA que lo resuma y se paran ante un PowerPoint a leer. ¿Qué clase de profesionales vamos a tener? Cuando más debemos cultivar la resiliencia y la tolerancia al fracaso, las redes nos convierten cada vez más en frágiles ovejas que se refugian en la seguridad del rebaño. En un mundo así, ¿dónde estarán y cómo serán los líderes de la siguiente generación?
